A l b e r t o  A l a r c ó n

 



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Nació en Piura, Perú, en 1949. Ha recibido importantes premios y reconocimientos nacionales e internacionales, como la Primera Mención Honrosa en el IV Concurso Poeta Joven del Perú (1975), el Premio Internacional de Poesía “Fundación Marco Antonio Corcuera” en 2003, que compartió con el poeta paraguayo Elvio Romero, Premio Nacional de Educación Horacio, área de poesía, el 2008. Es autor de El viento en los cerrojos (Ed. Personal, 1972), Vestiduras del fuego (1975), Las otras melodías (Ed. Personal, 1980), Una isla por nacer (Ed. Personal, 1990) y Un ciego ante el resplandor ( Sietevientos editores,2001). Poemas suyos están incluidos en: Fiesta prohibida (Apuntes para una interpretación de la poesía peruana 60/80), de Jesús Cabel (1986). En 1990 Lluvia Editores publicó su recopilación de literatura oral El canto de la Achupalla (la cumanana en Piura) y en 1997 Editorial San Marcos de Lima publicó Poetas y narradores contemporáneos de la región Grau. Como periodista ha publicado artículos y entrevistas en las revistas Caretas, Sí, Sietevientos, Facetas, El Caballo Rojo, entre otros. Igualmente en periódicos como La República, El Tiempo, El Peruano, La Reforma, Correo, La Industria, Nuevo Norte y otros. Es profesor, editor y dirige talleres de corrección idiomática y creación literaria en esta ciudad.

Hobbies : Leer, pintar, dibujar, hacer caricaturas, ver cine, escuchar jazz y blues.

Vive en Trujillo, Perú,  desde el 2001. Teléfono: (0051) 044- 94 -9992097.

 

TESTIMONIO Y POEMAS

Se marcharon ya los tiempos de mi estancia en la tierra. Los que estuvieron poblados por altas montañas, bosques en llamas y seres encendidos cuyas innumerables manos abrían los roquedales de la sombra al acoso del alba.

En esa tierra canté de acuerdo a los códigos del tiempo, pronuncié la palabra azul de los desesperados y anuncié el advenimiento de la dicha. Por entre sus árboles anduve a la vera de Nazim Hikmet, Blas de Otero, Juan Gonzalo Rose, Vallejo, Atila Joszef y tantos otros. Era el tiempo del canto rebelde, hora de la poesía que es limo y relámpago, fragor, encantamiento, toro, y cendal que baja de las alturas hacia el mar. Hasta el amor se parecía a las piedras, los pájaros eran llamaradas y el viento lamía las llagas de los desgraciados.

Esa fue la temperatura de mis primeros versos. Tenían fiebre de cíngaro, sabor a las calles de Madrid en 1937, aromas de Góngora y de Lope. Nunca he renegado de ellos, pues con ellos se agrandó mi voz, se templó mi canto, y supe que algo sutil y tembloroso, al otro lado de sus palabras, me esperaba. Fueron y son mis versos amados. Los llevo siempre conmigo para que me recuerden mis deberes de pájaro terrestre, mi estirpe de pescador, de albañil, de zapatero.

La poesía es decurso que ocurre en la médula de la carne y la emoción. Por eso mis poemas de ahora simulan la antonimia de los que escribí en mi primera juventud. Pero eso es sólo un espejismo, un juego de manos sobre un sombrero de copa.

El amor no se mira en los espejos. Viene del hombre y en todas sus esferas es el mismo: irreductible. Incoercible. Necesario. Podría decir que mis versos de ahora son la metáfora de los primeros: una paloma sobre un número, una rosa sobre el filo de una navaja, el latido de un corazón en lo hondo de la tierra. Los atraviesa de extremo a extremo el viento del amor. Pero no el del amor plácido y solar, sino más bien el viento del amor atormentado. El de ese amor que baja y sube por nuestros huesos como una flor con espinas, o ése que dijo Lezama, el del rey ciego que ignora que ha sido destronado y muere cosido suavemente a su soledad nocturna.

 

Arte poética

La poesía me sojuzga y se me entrega. Soy su esclavo, pero también su rey. Cuando soy su esclavo me pone grilletes, me hace labrar estos surcos de papel con la fiereza de un centurión romano, me encara mis verdades. Cuando soy su rey, se despoja de sus velos y se me ofrece resplandeciente y desnuda como una ondina. Con los ojos vendados esparce aromas inefables a mis pies. Cuando no soy ni su esclavo ni su rey, desaparece. El cielo es el cielo; la hierba, la hierba. Sin ella, una sola vida tiene mi vida, y ninguna ventana mi locura. La poesía nos quiere monarcas o mendigos; es decir cargados del esplendor que su real belleza exige o de las hambres que su condición de madre nutricia demanda para hacer fluir la leche de su verdad. Jamás anodinos, nunca grises. La poesía busca al hombre en sus extremos. Y entonces, y sólo entonces, canta.

 

PREGUNTO POR MI PATRIA

Y pregunto, pregunto por mi patria

Wáshington Delgado

 

¿De qué tamaño,

con qué rostro va mi patria,

por qué mares conduce su rosa de amarguras,

por qué tierras,

por qué montes

alza su amor herido

o va con su bandada de pájaros azules?

 

Yo pregunto, pregunto por mi patria.

 

¿Será ese mar que crece y me sepulta

en sueños?

¿Será esa novia muerta que busca caracolas

para guardar en ellas

palabras, alaridos, rumores de fantasmas?

¿Será esa mano cruel que arroja en mi ventana

cadáveres ardiendo?

¿Será ese hombre que afila sus cuchillos?

¿O aquel que ve caer la mustia tarde

de su prisión primera?

¿O esta sal en mis ojos?

¿O estas ganas acaso de arrancarme la lengua

y no hacer más preguntas ni balbucear poemas?

 

Yo pregunto, pregunto por mi patria.

 

Es duro pronunciar un nombre cierto,

Decirle pan al pan y al vino vino

Cuando en la boca un túmulo de sangre nos acalla.

Más duro si nos hinchan los párpados con héroes

Cuyos caballos beben de nuestro llanto inmenso

Y sus espadas brillan dejándonos sin sombra.

Y mientras nos aturden sus largos apellidos,

Nosotros, los oscuros, pelícanos enfermos,

Vamos de playa en playa, buscando entre las piedras

Dónde tender las plumas y abrevar el silencio.

 

Yo pregunto, pregunto por mi patria.

 

Pregunto dónde habitan sus relámpagos puros,

Dónde crece la torre de su esperanza,

Dónde guarda el diamante de sus días redentos,

Dónde esconde los ojos con que ha de ver mañana.

Pregunto en qué trinchera

Está el lanzón ardiendo de sus hombres futuros,

En qué alto campanario

Amontona con rabia su carbón de blasfemias.

Pregunto por el aire de su risa.

Pregunto por el pan sobre sus mesas.

Pregunto en qué ribera las muchachas

Le lavarán las fúlgidas mantas de su dicha.

Pregunto si los hijos de mis hijos

Tocarán su estatura verdadera.

 

Yo pregunto, pregunto por mi patria.

 

Yo pregunto en mitad de las tinieblas.

 

LA QUINTA

En estos tiempos no caen ya castañas

Y el otoño es un gris electricista

Que ha llegado a su tiempo y nos instala

Una estufa doliente y desgastada

En las viejas paredes de esta quinta.

 

Ya no hay elfos y a nadie se le ocurre

Irse a ver un zorzal junto a un estanque.

Un avión no es más triste que una nube

Y en la paz un pichón se rasca implume

Sin saber qué pensar de tanta sangre.

 

Se rompieron, mi amor, las panderetas

Y el pescante aguardando entre faroles.

Desnudarnos los dos no es una fiesta

Pues la noche se ha vuelto tan siniestra

Que hasta asustan los besos y las flores.

 

Ya no es tiempo tampoco que te diga

Estas cosas, amor, con mi guitarra.

Pero es que tiene que oírse en esta quinta,

Mientras la luz de la luna se despinta,

Aunque sea el chirriar de una cigarra.

 

VEN...

 

Ven. Pon tus manos aquí. Este es uno

de los muchos y blancos huesos de la Muerte.

¿Lo ves? Es el más antiguo de todos.

Ralla con él hasta formar una niebla impenetrable

Y duérmete bajo su lámpara. Defiéndela. No dejes que se quiebre.

 

Ahora ven acá. Mira esta rosa.

Es toda la Vida que se ha quedado inmóvil

Para que no te embriaguen sus pétalos y puedas

Contemplarla o tocarla.

Entra en ella y sé un elfo de su aroma

O descifra las infinitas voces

Que ululan en su rojo laberinto.

 

Esta cesta de manzanas es el Amor.  Mira sus formas.

¿Ves cómo el crepúsculo y la hierba

Se han unido para exornar sus cuerpos?

Las esculpe un hontanar de sangre inmarcesible

Y caen de pronto en tus manos sin que puedas sostenerlas.

Tómalas, nada más. Las que cayeron, déjalas.

No te interpongas en su tránsito a lo invisible.

 

Y este árbol en llamas es la Verdad.

Mas lo que quema son sus hojas y el fuego lo quemado.

¿Sientes el hielo de su luz?

Lo que crepita es la Duda y la Mentira. Son sus pájaros.

Bajo su sombra no hay sosiego

Y sus frutos caen en sentido contrario, hacia la Noche.

Es mejor que no lo toques. Pasa de largo.

 

ODA AL SONETO

 

GLORIOSA cárcel del reo delirante,

Murallón con sus catorce alabarderos,

Geometría del espacio, burladeros

Del toro azul y el torero desafiante.

 

Viejo panida, mecánico y errante

De mundo a mundo; ábrego con luceros,

Caballito de la mar de los joyeros,

Semana doble y sin luna del amante.

 

Tambor fantasma, rumor de los rumores,

Trigo al que cuidan espanta-ruiseñores,

Clavel verdugo, sermón ajusticiado,

 

Yo, mal Quijote, te rindo mi armadura,

Querer libar en tu flor fue mi locura

y batallar contra ti, mi peor pecado.

 

COMO LOS PECES

 

Los peces no transitan por el agua.

Son el agua.

 

Como nosotros - transparentes, invisibles-

Al borde de no ser sobre una piedra

Que crece amamantada por la noche.

 

No nos hace el amor.

Somos más bien su carne que se apaga,

Larvas donde la luz combate la hecatombe

Y la vida no tiene semejanza.

 

Como los peces, sin embargo,

Nos miramos

Porque el agua nos hace transparentes,

Porque el agua - creyéndonos reales-

despliega su locura en nuestras pieles

E intenta separarnos

Con un cuchillo rojo inútilmente.

 

Como los peces: nosotros, los amantes.

 

ALDABA

 

Aquel huerto me estaba prohibido,

Con sus norias, su airón, sus mariposas,

El parlar de la lluvia, y tantas cosas

Que soñó alguna vez quien ha vivido.

 

No debí ser pastor ni andar perdido

Justo allí donde Amor abre las rosas

Y el crepúsculo inserta entre las lozas

De un aljibe sus flechas de Cupido.

 

De labios fue un palpar. Briznas de luna

Entraron en mi ser… Pero ninguna

De estas formas debió ser nunca mía.

                                         

¡Ay, del viejo pastor que entra a ese huerto¡

No bien raya la aurora,  ya despierto,

Vuelve  a ver su verdad: el yermo día.

 

ALBORADA

 

Algo tendrá que ver lo que te diga

Con el blanco caballo que en mi boca

Pasta, abreva, relincha y me trastoca

Los versos en pitanza y en fatiga.

 

Si te llamo cucarda en vez de espiga

O petral de mi amor, mira quién toca,

Qué espuela, qué rocín con ansia loca,

Mi palabra, y tocándola la obliga

 

A cascos con escarcha, a brida y crines

En fragor con el aire y los confines

Donde dios conjetura atardeceres.

 

Un relincho en el monte: todo el trigo.

Y otro más, otro más, cuando te digo:

“Un galope en mi piel: eso tú eres.”

 

CONFESIÓN DE PARTE

 

Me declaro culpable del tormento

De tu sed sin un cántaro a la mano.

De ser esto que soy: un gris villano

Sin techo ni alazán, sin el sustento

 

Del brazo joven o el brioso aliento

Pero ardiendo de ti, ¡quién lo creyera!

Me declaro culpable de la hoguera

Que levanta tu amor, maga del viento,

 

Mujer, cauce de sed, a quien atrae

Ese algo que parezco: agua que cae

De nívea piedra o misteriosa nube.

 

Me declaro culpable de tenerte,

Piedra y nube ya secas por la muerte

Y culpable otra vez porque te tuve.

 

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