Salvador Moreno Valencia

Escritor y periodista

Director de la revista
Letras (Fuengirola)

 

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Algo más personal sobre mi vida

 

Un profesor de Arte que tuve en los 90 me dijo la primera vez que llegué: ‘estás condenado si eliges el camino de las Artes’. La verdad que pensé: ‘éste hombre está chocheando, o está loco perdido’.

Así que ese fue mi bautizo en las Artes oficiales, porque las no oficiales ya las practicaba desde mi más tierna edad, y tanto, que cuando tenía unos ocho, con unas tablas que recogí en la calle y unos clavos más oxidados que mi actual cadera, me puse manos a la obra a construir lo que para mí era una escultura; claro que intentando no ser descubierto por mi madre, cosa imposible porque al primer martillazo vino a descubrirme y yo con los nervios no tuve nada mejor que hacer que colocar la palma de mi mano derecha sobre una tabla en la que de punta un oxidado clavo me atravesó la misma como si de un Cristo se tratara.

Esa puede que fuera mi primera condena, pero es de mi Obra Plástica de la que vengo hablar aquí en La Nausea: ¿Cómo definirla? ¿Cómo explicar qué intenciones o pretensiones tengo a la hora de pintar o esculpir?

Vayamos paso a paso: En primer lugar me enfrento a unas monstruosas sensaciones: desazón, intranquilidad, inquietud, picor de ojos, acumulación de saliva en la boca que poco a poco se va convirtiendo en espuma que sale por la boca, picor de las extremidades acompañadas por sonidos ininteligibles que salen de mis entrañas. La primera vez que sentí esos síntomas pensé que había contraído la rabia junto a otra enfermedad grave, entonces, la primera vez, me refugié en mi estudio, que por aquella época era un ático de doce metros cuadrados en el que sólo podía permanecer de pie por un lado, y era allí donde yo había colocado mi caballete y mis lienzos o tablas que reciclaba y reciclo (llevo años sin comprar un soporte, la gente lo tira todo), digo que me refugié en aquella primera vez que se dieron mis peculiares síntomas en mi estudio y sin poder controlarme coloqué una tabla de metro y medio por metro veinte sobre el caballete y la emprendí a golpes con ella disparándole a modo de Pollock latas de pintura que con las manos iba esparciendo, luego, con yeso y escayola, preparé una masa que fui integrando a mi creación y así surgió lo que vine a titular ‘Transexual’ cuadro que fue seleccionado por un grupo de estudiantes de la Universidad de Filosofía de Lisboa para unas charlas que habían organizado sobre homosexualidad.

Ahora, la última noticia que tengo del cuadro es que está por Toledo en casa de una cantante madrileña, amiga mía, llamada Silvina Magari.

Verdaderamente estaba condenado y me convertía, y convierto en otro cuando estoy en ese trance. Sí, en el de pintar. Como el profesor que hizo mi vaticinio, me vaticinó además que si seguía por el camino iniciado en cuanto a estilo y técnica llegaría lejos, la verdad es que he llegado lejos con unas 55 exposiciones individuales, y otras tantas colectivas, más de 500 cuadros de los que no recuerdo el paradero, o si se vendieron o se regalaron. Sí, tan ensoberbecido estaba que decidí abrirme camino en la capital de un reino que por aquel entonces todavía se llamaba España, y allá que me fui, alquilé un local en la calle Salitre nº 11, en pleno barrio de Lavapies, y allí, además de poner mi cama, una ducha, y un microondas, puse todos mis bártulos de pintura, hasta que la fortuna, en este caso la des-fortuna vino a visitarme y me puso entre la espada y la pared: terminaba en la calle viviendo debajo de un puente o le echaba diez hora a unos niños pijos (por lo general artistas, poetas, escritores con mayordomo ecuatoriano), poniendo cervezas a otros tantos de la misma índole o perfil como dirán los jefes de las RRHH. Así que tras pegar a mil y una puerta y beberme mil y una noche en cervezas y chupitos, soñando con llegar a una Barataria cualquiera decidí cerrar y largarme de la capital del reino, abrí las puertas del estudio, que nunca estaban cerradas, y regalé todo lo que se podía o querían llevar los que por allí pasaban, que fueron algunos, y todavía, cuando voy por Madrid, hay algunos bares que tienen algún que otro cuadro mío colgado en sus paredes y alguna que otra jaula.

E incluso hay periodistas que en su momento compararon mi obra con la de los impresionistas franceses, cosa que me llevó a abandonar mi primera etapa, que no lo he dicho, fue impresionista, luego pasé al expresionismo buscando las formas y colores de Munch, luego la abstracción mezclada con algunas líneas figurativas, y actualmente estoy metido de lleno en una serie que he titulado ‘Mansor el inmigrante’, en la que sobresale la figuración pero buscando la expresividad en los rostros pretendiendo a través de ellos que causen una reacción en el espectador.

También estuve por Barcelona en los bajos de calle Vic, pero esa es otra historia, continuará…

 


 


Salvador Moreno Valencia forma parte de La Biblioteca Digital Siglo XXI,
y del Diccionario de autores de Cátedra Miguel Delibes

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