L a   C u e v a   d e   A l í B a b á
r e l a t o s   a l v a é n i c o s 

 
Los Viajes de Carlos
 

 

 La mañana del cuatro de febrero de 1998, amaneció con la misma lluvia infernal de la que no nos librábamos desde hacía tres meses. Me dirigí a la estación de tren, y, antes de sacar el billete, dudé hacia dónde, realmente, quería ir. La verdad es que, si me hubiera dejado llevar por la intuición, aquel presentimiento que me producía una inquietud algo exasperante, seguro que hubiera elegido ir hacia otro lugar al que elegí. Me senté en un banco a esperar el tren que me llevaría al otro lado del país, exactamente al norte, al país Vasco. El tren llegó puntual; cogí mi mochila y subí al compartimento de no fumadores -no tengo ese vicio y por supuesto no me gustaba oler el humo de los cigarrillos-. En aquel compartimento no subió casi nadie, sólo una pareja de ancianos, un japonés, y una chica morena de unos veinticinco años, muy atractiva, por lo que me fijé en ella, aunque soy una persona muy observadora y suelo echarle un vistazo a todo lo que me rodea, esta chica me llamó más la atención, y estuve un poco desatento a lo que ocurría en el vagón.

Al rato de mis observaciones pude comprobar que había subido un hombre de unos cuarenta y cinco años aproximadamente, robusto y de tez morena. Llevaba una bolsa de viaje de piel y por su aspecto, la bolsa de viaje, debía de haber pasado por muchas estaciones, estaba bastante deteriorada. Se sentó frente a la chica, colocó sus piernas en el asiento de enfrente, ella le miró como desaprobando el gesto, pero él ni siquiera la miró. El tren salió a la hora que estaba programada, y a los pocos kilómetros de viaje el tipo se durmió. Ella me miró, con una mirada cómplice, cogió sus cosas y se cambió de asiento. Se sentó frente a mí, pero antes pidió permiso, el que yo por supuesto le otorgué. Cortés le dije mi nombre, ella me dijo el suyo. Malena era su nombre.

Después de la presentación hablamos un rato sobre las cosas que cualquier pasajero habla con su acompañante de viaje. Mientras hablábamos, yo la seguía observando, tenía la piel suave y delicada, su palidez me recordó a las muñecas chinas, sus manos eran delgadas con unos largos y finos dedos terminados en unas uñas de igual delicadeza. Era tan frágil, que el movimiento del tren hacia que sus delicados huesos sonaran como campanillas.

El hombre que dormía dos asientos más adelante, se despertó, miró a su alrededor y comenzó a buscar algo en su bolsa de viaje, por la mirada que nos dirigió, pudimos saber que no éramos de su agrado, pero nosotros teníamos el mismo sentimiento. Nunca alguien me había dado tan mala espina como aquel tipo.

Él sacó una agenda de piel, estuvo haciendo anotaciones varios minutos. En esos momentos llegó el revisor, pidió los billetes, primero a los ancianos, luego al japonés, a nosotros y por último al viajero que cerraba la lista del pasaje de aquel vagón.

El tipo metió la mano en el bolsillo de la cazadora, que llevaba puesta, de piel de Ante. Pero no fue el billete lo que de ella sacó, no, sino una pistola con la que encañonó al revisor, al que le comunicó sus intenciones, que no eran otras que las del secuestro del tren que se dirigía al norte. Todo había cambiado de repente, y ahora nos encontrábamos en una situación peligrosa, y peor todavía, sin saber cómo acabaría.

Nos quedamos paralizados cuando vimos cómo el tipo encañonaba al revisor. Era una pistola de nueve milímetros, su cañón brillaba en las sombras del vagón que seguía con su traqueteo. El tipo soltó al revisor y se dirigió hacia el japonés, le puso la pistola en la cabeza, el asiático se arrodilló temblando, el tipo sacó un papel de su bolsillo y se lo entregó al revisor diciéndole que se pusiera en contacto con el maquinista y detuvieran el tren inmediatamente, que si no lo hacían mataría a su rehén.

El revisor salió corriendo del vagón y en menos de tres minutos el tren se detuvo, lo que produjo que el resto de los pasajeros se alarmaran, pero el revisor se encargó de hacer que no cundiera el pánico y fue diciendo vagón por vagón que había una avería y no tardarían en solucionarla.

Así hasta que volvió a nuestro vagón, como le había dicho aquel tipo, que en ese momento se levantó, y nos miró a todos diciéndonos que éramos  sus rehenes y que si todo salía bien no tendríamos de qué preocuparnos.

Malena se echó a llorar, yo la intenté consolar y pronto se calmó. Los dos ancianos se dirigieron a nuestro secuestrador, y le dijeron que los dejara ir, pero él no aceptó la propuesta, aunque todos la apoyamos.

Estábamos detenidos allí en medio de ningún sitio, el paisaje que se podía ver desde las ventanas, antes de que el secuestrador las cerrara, era un frondoso bosque rodeado de montañas que se abrían al final en un verde valle, donde pastaban a lo lejos algunas vacas y donde sólo pudimos ver, casi al final de aquel valle, un caserón con apariencia de abandono. Nos entristeció el panorama, nos encontrábamos en una situación límite y aislados. A donde las fuerzas de seguridad tardarían en llegar, siempre que antes no se le ocurriera aquel tipo emprenderla a tiros y dejarnos allí tirados, porque al parecer a él le daba igual. Quería conseguir lo que había venido a buscar, costase lo que costase.

A las tres horas volvió el revisor con noticias de que la policía le había dicho que comunicase al secuestrador que estaban dispuestos a negociar. En ese momento el secuestrador se calmó y guardó el arma que había empuñado desde que comenzara aquella pesadilla.

La noche nos sorprendió en el vagón, donde estábamos aterrorizados por aquel individuo. Las luces del tren se encendieron y en menos de media hora todos los vagones estaban custodiados por quince terroristas que llegaron al tren desde aquel casaron que habíamos visto allá al final del valle. Uno, a uno fueron tomando sus posiciones en cada vagón, amenazando con sus armas a los pasajeros, y todos nos mantuvimos en silencio, hasta que el miedo hizo su aparición y no pudimos evitar retorcernos de angustia en nuestros asientos.

El terrorista que se encontraba en nuestro vagón se dirigió a nosotros y nos comunicó que eran miembros de una banda armada, revolucionarios que luchaban por los derechos humanos. Algo que nos produjo un sentimiento de repulsa, pues no entendíamos cómo gente que luchaba por los derechos humanos podía secuestrar un tren y a sus pasajeros amenazándolos con la muerte. Argumentaron que miles de seres humanos morían cada día por culpa del imperialismo, y que unas vidas más no importaban ante las estadísticas de los que manejaban el mundo.

La noche pasó lentamente con esa lentitud de noche en vela cuando se prevé un fatídico final; el revisor repartía café por todos los vagones dando ánimos a todos los que allí nos debatíamos en una angustia que no nos dejaba ver cuánta verdad encerraba aquella prisión.

Malena se levantó de su asiento y se dirigió al secuestrador, diciéndole que desde ese momento quería estar al lado de ellos, yo hice lo mismo y en menos de una hora todos los pasajeros éramos miembros de un comando que quería liberar al mundo de la injusticia.

El sol fue apareciendo y sus primeros rayos se filtraron a través de una de las ventanillas, por la radio pudimos escuchar el discurso del Presidente, que nos decía que haría todo cuanto estuviera en sus manos para liberarnos. En respuesta a las palabras del Presidente, los miembros del comando redactaron un informe con todas las condiciones que el Gobierno debía de cumplir.

Todas eran peticiones para que se respetaran los derechos humanos, para que la injusticia que existía en el mundo acabara, y el Gobierno debía organizar una reunión urgente de todos los Estados y presionar a los Gobernantes para cumplir todas las resoluciones, sin que hubiera excepciones para ningún país.

El gobierno recibió el informe, pero no hizo nada de lo que en él se pedía.  Reunieron al grupo de especialistas, en secuestros, de la policía, crearon un plan y tres días más tarde estaban dispuestos para liberar a los rehenes que, en este caso, no eran rehenes sino aliados de los terroristas.

Aquello nos puso las cosas difíciles y el comando se reunió para decidir qué hacer, decidieron que algunos de los allí secuestrados serían liberados, se optó por voluntarios, primero fueron cinco niños y sus respectivos padres, los que decidieron dar el primer paso. Una vez liberados su función sería intentar convencer al gobierno de que cumpliera lo exigido, pero el gobierno hizo caso omiso. Los medios de comunicación pusieron su granito y desplegaron todos los reporteros en busca de carnaza para vender más. Lo que hizo aún más difícil que se llegara a un acuerdo, y los que allí estábamos de acuerdo para presionar y hacer el papel de rehenes, no entendimos nada hasta que tres días más tarde el grupo de especialistas tomó el tren sin contemplaciones. En menos de media hora habían matado a los secuestradores y a más de cien rehenes. Malena y yo pudimos escapar saltando al exterior y ocultándonos en unos matorrales. El miedo nos hizo correr y para cuando cayó la noche ya estábamos a salvo refugiados en aquel caserón que habíamos visto al principio de aquella aventura.

Días más tarde nos encontrábamos en un pueblo disfrutando de su ambiente rural cuando, en el bar de la pensión donde nos hospedábamos, vimos por televisión la noticia del final del secuestro. Los cuerpos especiales habían asesinado a ciento cincuenta personas, los demás salieron ilesos, aquello fue una escabechina, pero el gobierno dijo: <<con los terroristas no hay piedad, ni negociación que valga>>. Los derechos humanos se fueron a la mierda y el Estado se colmó de laureles, las encuestas sobre el partido que gobernaba lo dieron como ganador si en ese momento se celebraban elecciones.

Y los ciudadanos siguieron sumidos en sus quehaceres diarios con sus orejeras de burros, mirando y ansiando alcanzar la zanahoria…

 

salvador moreno valencia©  

 

 

 
Querida Nadin;
 

Quisiera, de algún modo, hacerte llegar estas letras. Lo que ocurre es que no sé el modo. A no ser que ponga carteles en las esquinas con mensajes que contengan tu nombre y mi mail por si decides, si los encuentras, escribirme. Ni siquiera sé dónde puedo encontrarte.

Nos hemos cruzado varias veces en la calle, donde suele cruzarse la gente corriente, las personas de a pie. Sin saber por qué compartimos miradas cómplices, sonrisas incitadoras llenas de júbilo. Un lenguaje sin palabras pero lleno de vida…Entre aquella multitud nosotros éramos dos náufragos compartiendo la misma isla. Tú, y tu perro, que tiraba graciosamente de ti. Yo, y mi soledad que tiraba tristemente de mí. No la soledad del bosque, sino la otra, la de la ciudad.

¡Ah Nadin! Fue en noche vieja cuando pudimos hablar por primera vez tras aquellos cruces de caminos. Tú, y el perro, yo, y mi soledad de urbe, cruzándonos, hora en una esquina, hora en una calle, hora en un semáforo y sonriéndonos al pasar. Pero fue en la última noche del año, quiero decir en la primera, cuando te acercaste a la barra en aquel bar con tus amigos; yo estaba allí con un amigo, bebíamos y charlábamos despidiendo el año con la misma esperanza que el año anterior. Así que cuando te vi, no lo dudé, estabas tan cerca, y te dije todo lo que pensaba sobre nuestras miradas, y sonrisas furtivas cuando nos cruzábamos en la calle. Fue grandioso comprobar que tú me recordabas de la misma forma que yo a ti. Tú y yo entre miles de personas. ¿Islas? Nosotros náufragos en una isla común compartiendo el espacio de las sonrisas, las caricias, los abrazos, los besos, los pensamientos, los sentimientos…

Pero mi torpeza unida a mi ansiedad hizo que mis oídos se cerraran, por la emoción de estar frente a ti, mi lengua, presurosa, soltó las riendas a las palabras, ansiosa por cubrirte con todas ellas como si las palabras fuesen una lluvia suave y agradable. Hablé demasiado mientras tú escuchabas sonriente. Olvidé todo lo que dijiste, e incluso, lo que dije yo fue a caer al ruinoso olvido oxidado por los efectos del etílico.

Demasiada emoción para un inicio de año; muchas copas, otros lugares, sin ti. Nos despedimos tras mi monólogo estúpido, pero…Cómo no me iba a comportar como un niño inquieto ante tus profundos ojos negros. Cómo no caer rendido ante tus pies, ante tus labios sonrientes de rosado manjar digno de dioses. Idiota es lo que fui y lo que soy, un estúpido incapaz de valorar un momento como el que nos llevó a estar tan cerca.

-La próxima vez que nos veamos en la calle no dudaré en hablarte- dije con la determinación del general que ha ganado una batalla.

-Por supuesto, yo también lo haré- respondiste tú con tu cálida sonrisa y tus ojos brillantes.

-¡Hasta pronto!

-¡Ciao!

Yo seguí en compañía de mi amigo y tú de los tuyos. Dos islas acariciadas por diferentes mares. En aquel preciso instante habíamos dejado de ser islas, para convertirnos en veleros que navegaban, soplados por vientos distintos, guiados por timoneles que manipulaban el timón de nuestro destino, ajenos a nuestras voluntades.

El destino podía ponernos de nuevo el uno frente al otro en alguna calle, en alguna esquina de la ciudad donde habitábamos; en la que, incluso, viviendo tan cercanos, éramos tan ajenos a nosotros mismos. Dos calles más arriba, o más abajo. Sí, quizá, el destino volvería a unir nuestras velas sopladas por el viento de nuestras bocas deseosas de besos. Deseos de besos olvidados en confundidas lenguas babélicas.

La noche primera de dos mil siete transcurrió como transcurren la mayoría de fiestas de fin de año. Inaugurado quedaba el año cargado, como todos, de buenas intenciones, ilusiones y esperanzas para muchos, lo contrario para tantos otros. ¿El equilibrio ha de pesarlo la balanza de lo positivo y lo negativo?

Amaneció el dos mil siete sin ti como tantos otros años habían amanecido con tu ausencia. Te recordé tan grácil con tu perro que seguiría tirando de ti con la alegría y chispa que caracteriza al animal feliz. Sin tu presencia el día era otro cúmulo de rutinas, y quehaceres forzados. Habías desaparecido pasando a formar parte de mis recuerdos. Llegó a tal grado mi desesperación, que incluso, pensé que no habías sido más que producto de mi imaginación, una treta urdida por mi mente buscando una salida, una puerta, un soplo de aire fresco que despejara mi mente como se despejan las noches de primavera dejando al descubierto un cielo radiante de estrellas. Tus ojos.

La necesidad de amor era y es para mí la clave de la existencia. Moriría por no tener amor. Ese amor hecho de pasiones, de caricias, de corazones ardientes, de abrazos, el amor propio de amantes enardecidos dispuestos a quemarse en sus llamas, las del amor vivo y fuerte, lleno de pureza…

Sí, o eras un producto de mi imaginación o realmente el destino me volvía a gastar una broma macabra, como dice la letra de cierta canción de Joaquín Sabina. El día uno de enero me levanté con resaca y un fuerte dolor de cabeza; la primera imagen que vino a mi mente fue la de tus ojos cuando me miraron sorprendidos en el momento en que por primera vez hablamos, quizá por última; todavía no he perdido la esperanza de encontrarte, incluso hoy, que he decidido escribirte ésta carta, cuando ha pasado ya un mes desde aquel encuentro, y no nos hemos vuelto a ver.

Noche vieja, fiel locura acompasada con copas de champagne y licores espirituosos, música y baile. Ojos egipcios pintados en rostros de color canela, dulces manjares, labios de fresa temprana y noches, viejas embriagadoras que traen el viejo lamento que produce la incertidumbre tras un día festivo, de bailes, y de copas, y desprendimiento de los prejuicios. Tristeza que emerge del fondo de las entrañas como un mar oscuro que esconde las fauces de un monstruo que no dudará en devorarte y expulsar tus huesos como pepitas a una tierra árida donde no crece semilla alguna, menos la del amor.

Tu mirada, de repente, fija en mis ojos. El tiempo del ayer perdido como perdiera el reino aquel Segismundo. Quizá la vida no sea más que eso, sueño. Tus labios desaparecidos a las horas del alba. Tus ojos confundiéndose entre los miles de ojos de transeúntes ensimismados. En la calle todas las miradas me parecían la tuya, sin duda, no lo eran. Ni tus labios aparecían ante mis ojos, ni tu grácil soltura al caminar asiendo la correa del perro que tan felizmente movía su rabo en tu compañía. Llegué a envidiar a tu fiel compañero. No podía verlo, ni acariciarlo para poder hacer lo que tú, estar dentro de tu ámbito, de tu cotidianidad, quizá, exasperante, a veces, como lo es para el resto de los humanos, el bisturí que cercena sin compasión a los días las horas, a éstas los minutos y a éstos los segundos dejando sobre la mesa de operación una muestra de la nada en la que ha diseccionado los recuerdos.

Ya va hacer dos meses desde entonces. Todos los días salgo con la esperanza de volver a verte, sonreírte y hablarte…pero nada indica que vaya a ocurrir el milagro de nuestro encuentro.

-¡Hola Nadin, cómo me alegro de verte!

-¡Hola Dediegos cómo estás!

Invento diálogos y quisiera acariciar el lomo de tu fiel lazarillo que mueve feliz el rabo al verme. Lo he bautizado con un nombre, quise llamarlo Eros, pero me pareció algo cursi, una cursilería propia de un chico de quince años enamorado, locamente enamorado, así que he decido llamarle Zeus.

¿Enamorado? ¿De quién? ¿De un recuerdo idealizado? De una imagen que se va diluyendo con los días vaporosos de este mes de febrero donde el cielo plomizo entristece mi alma, donde la lluvia parece haberse instalado para siempre. Lluvia, lágrimas de Eros que duerme desnudo en los caminos y en las puertas de las casas y que es siempre pobre. ¡Ah Eros!

He ideado mil acciones para encontrarte pero ninguna acaba por convencerme, soy demasiado convencional, estas ideas son el resultado de la incertidumbre que sufro por no hallarte. ¿Cómo pegar carteles con tu nombre en las esquinas, cómo voy a dejar un detalle tan importante abandonado al albedrío de otras personas que no dudaran en llamarme para burlarse de mí? ¿Y si tú lees un mensaje de estos en una pared, por ejemplo, de tu calle, qué pensarás sino que soy un loco? Puede que te de miedo pensar que anda alguien poniendo tu nombre en las paredes, interesado por ti. Probablemente no dudarías en ponerlo en conocimiento de la policía. Me llamarían, harían averiguaciones sobre mi vida, me tratarían como un obseso...

¡Ah Nadin! Cuánta incertidumbre. Si yo fuese como Amelí de Montmartre, eso sería genial. Te buscaría con artimañas de película. Sería divertido pero no dejaría de verse, por ajenos ojos, incluso, por los tuyos, como una locura. Así que no me atrevo a desafiar al dichoso destino usando esas estúpidas artimañas. Me conformo con soñar con tus ojos, con tus labios, con tus dulces palabras, con tu suave tono de voz, con tu cálida sonrisa…Te echo de menos.

¡Ah Eros!. Cuán desgraciado me has hecho a la vez que me congratulas con la esperanza de la dicha de volver a encontrarla.

¡Nadin! Sin haber sido tuyo te he perdido. Cómo sufrir la desesperación que produce pérdida tan grande. ¡Un amor imposible! El platónico amor que quedará relegado para siempre en mi memoria, la ausencia de la dicha, la infelicidad...

Necesito caricias, abrazos, necesito tus manos suaves en las que se vislumbra el azulado hervir de tus venas que hacen latir tu corazón, cuánto daría para que latiese junto al mío, el tuyo: corazón ardiente que calmará la angustia de mi soledad urbana.

Vida de mi vida, vida de tu vida, vidas de nuestro amor no consumado. Tú la isla de éste náufrago, la taberna de éste marino errante en la que arrojar mis despojos de hombre atribulado. Nosotros como veleros azotados por la ira de Eolo surcando mares distintos, destinos cruzados una mañana fría de otoño, donde las hojas doradas estaban creando un crujiente manto de espinas para el olvido.

¡Nadin! Tú en los amaneceres, en los atardeceres; en las negras nubes que amenazan con descargar sus vientres de agua sobre esos pobres infelices y solitarios urbanos. ¡Nadin! Tú como la lluvia de ésta tarde en la que contemplo un sol brillante, asomarse entre las nubes, durmiéndose entre sus algodones de agua.  Mi mente lanza al aire un pensamiento y éste modifica el aspecto del paisaje urbano, en él mi pensamiento ha puesto, caminando por la acera, hacia mi encuentro, un Zeus canino que se deja llevar por una brillante cadena de zafiros que va como una extremidad hacia tu mano izquierda con la otra, agitas con suavidad un pañuelo rojo como tus labios que lanzan al aire un ósculo que se apresura, sorteando a los urbanitas cabizbajos, para sellar en los míos un beso sin espacio ni tiempo.

¿Ah, Nadin dónde estás? ¡Eres mi sueño!

Pego carteles sobre las paredes húmedas, y sedientas de sol, el óxido del tiempo se enreda en los pliegues de un folio blanco garabateado con un mensaje y un mail:

En ésta ciudad babélica, llena de náufragos que buscan sus islas como yo busco la mía, deambulo divagando enviando mis pensamientos al aire para que lleguen a tu boca, a tus oídos, a tu tacto, a tu olfato, a tu vista, a tu gusto para que saborees los besos que te mando.

Islas desiertas, desconocidos mares.

¿Serás tú, por fin, mi isla, Nadin?

¡Ah Nadin!

¡Espejismo en la arena!

dediegos@hotmail.com  

salvador moreno valencia©

 
Absurdamente absurdo
 

A Juan Pérez no le gustaba mucho su nombre tampoco su apellido Él pensaba que no era lo mismo llamarse Juan Pérez que por ejemplo Jhon Smist Claro que él siempre había intentado hacer todo lo posible por llamarse Jhon o Tom o Jhones o incluso Gustavo De hecho había cursado varios estudios de idiomas El inglés casi lo hablaba a la perfección También hizo algún curso intensivo de francés en una de esas academias que por regla general siempre están situadas en las afueras de las ciudades y por supuesto al lado de alguna carretera con mucho tránsito El curso lo aprobó con notable pero le costó un ojo de la cara cara era la experiencia caro era todo y además tenía como encono aquel nombre que tanto le fastidiaba Pensó cambiarlo mil veces pero al final siempre surgía algún formalismo burocrático que impedía que su nombre pasara a los anales de su propia historia

Juan Pérez se llamaba su padre, su abuelo su bisabuelo su tatarabuelo su tío su primo su hermano En aquella familia todo el mundo se llamaba Juan Pérez Para él eso era terrible Evidentemente en el pueblo la familia de Juan Pérez era archiconocida Hasta tal punto que incluso una calle llevaba el nombre en honor a Juan Pérez su bisabuelo que llegó a realizar una gran hazaña En el tiempo en que éste vivía hubo unas inundaciones que lo arrastraron todo el pueblo quedó barrido de la noche al día y a Juan Pérez el bisabuelo que también había sido arrastrado por la crecida del río Juan Pérez  (es que en aquel pueblo todo se llamaba así hasta el pueblo había recibido su nombre por orden de un rey al que sirvió su tatarabuelo hacía más de cuatrocientos años) se le ocurrió la gran idea de hacer que el río Juan Pérez mediante unas canalizaciones apropiadas bordeara el pueblo y de este modo se evitaba que en época de lluvias las crecidas arrastraran nuevamente a otro Juan Pérez

En el pueblo había al menos cuarenta personas que tenían el dichoso nombre y por eso nuestro Juan Pérez luchaba como un cosaco para cambiar su nombre y desde que empezó a tener uso de razón siempre decía llamarse Jhon aunque todo el mundo lo llamaba el hijo de Juan Pérez  

Ante estas circunstancias Jhon decidió marcharse del pueblo en pos de encontrar una nueva vida Así lo hizo Una mañana de primavera cuando el sol despuntaba alzándose victorioso en el horizonte cogió sus maletas y subió al Autocar con rumbo a una nueva ciudad Tras tres horas de viaje llegó a una nueva tierra Era una ciudad  mediana tanto en su tamaño como en su población Un lugar predispuesto al descanso y al sueño Idílico es el horizonte en sus atardeceres sus calles bañadas con la luz de la cal blanca y empedradas sus entrañas Jhon ajeno a su destino decidió pasear por aquella ciudad Llegada la tarde entró en un bar se sentó junto a una de sus ventanas desde la que se podía disfrutar del atardecer que enciende los sueños Pidió un café cortado y mientras lo saboreaba ocurrió Una mujer entró en el bar clavó sus ojos en él se dirigió hacia la mesa y le dijo con voz entrecortada hola Juan Pérez llevaba años esperándote mi nombre es Juana Pérez

Y como este es un relato absurdo no cuento el final de la historia lo dejo a vuestro libre albedrío y que cada uno le saque final a este lío

Sin puntuación apropiada

salvador moreno valencia©

 
Llámale amor 
 

Es inexplicable dicen; es salvaje y libre, dicen; es un perro abandonado, dicen; es un ardor en el estómago, un escalofrío que te recorre todo el cuerpo, dicen, digan lo que digan la mayoría de los seres que lo padecen lo llaman amor.

Es como una intoxicación; pellizcos en el bajo vientre, una luna roja, dicen. Los que lo dicen aman, sienten, y viven con la piel mojada de amor.

Es un gato pardo en las noches, es una locura taciturna, es un perro callejero, es un trotamundos que va y viene con libertad. Elige a unos y a otros, a unos los escoge para amarlos, a otros para que sean los que lo amen. Los que aman sufren, los que son amados también, pero con menos consecuencias. Es un nudo en la garganta, dicen los que lo conocen bien; es una tarde de lluvia, un amanecer dorado, es la oscuridad, es el abismo, es el cielo, es el infierno, es todo y nada, dicen los que lo han padecido alguna vez en su vida.

Es una enfermedad lánguida, es una cometa en el viento, es caprichoso y desalmado, es un cien pies, una araña que teje y teje su tela, un lindo gatito dicen los que lo conocieron y jugaron con él., un coyote dicen los que huyeron de él.

Es un extraño que te engaña, te avasalla, te nubla la razón, te mima, te adula, te endulza la taza del corazón, es el extraño con quien te levantas por las mañanas, es un bostezo, un boceto, es una alimaña, un delfín, y, a veces, la mayoría de las veces, también es la causa de la felicidad, por desgracia de la pena porque no hay la una sin la otra. Es un hueco en tu tejado, es un espejismo alado, es un oasis en un desierto, un río, una fuente, es la envidia de muchos, el rencor de otros, el odio de los ignorados. Es una tarde de primavera, es una hoja de otoño, una flor. Es un veneno que emponzoña la razón, es un misterio como todos los misterios porque es inexplicable, incomprensible, y sobre todo es locura; es como el universo, como el sol, como la luna, como los planetas, es algo sin razón ni explicación dicen los que habitaron con él.

Llámale amor si quieres, llámale como te apetezca, pero no le des nunca la espalda, porque es un bien que llega, se queda un tiempo, luego puede que se vaya, y después tarda en volver más de lo que cabría esperar, o simplemente no regresa nunca.

salvador moreno valencia©

 
Dulce mediocridad
 

Escribo sobre servilletas de papel. Abro mis sentidos y aniquilo mis emociones. Siento con los poros abiertos, con las manos abiertas, con los ojos en los ojos, con el alma en el alma como si el filo de la navaja me arrebatara cada instante mi efímera existencia como si un revólver estuviere dispuesto a cada segundo sobre mi sien de cretino inconforme.

Cierro puertas que me llevan a rincones oscuros. Abro ventanas para poder ver el paisaje. Abro habitaciones para que en ellas entre el aire. Un aire renovado. Un soplo. Una luz que ilumine las estancias más oscuras de mi ser. Soy lo que tengo que ser. Tengo lo que tengo que tener. Merezco lo que merezco. Soy libre sin libertinaje. Vivo en sentido contrario a la moral establecida, y soy un hombre ético, pero no con la ética establecida sino con la de mi intelecto.

Escribo sobre servilletas de papel, donde las letras no son palabras rotas por el viento. Abro mis oídos, escucho tu voz. Escucho tu canto, tu llanto, tu pesar, tu silencio. Miro dentro de ti, desde lejos, primero, desde cerca luego y así me introduzco en ti.

Todos, como naves a la deriva, navegamos en mares de incertidumbre y contradicciones. No oímos las voces interiores, no vemos los paisajes que nos rodean. Fracasamos por nuestra necedad, por nuestra mediocre intolerancia, por nuestra mediocre coherencia, que sólo nos convierte en pobres idiotas cargados con dolores y penas inventadas. Nos habla el viento de vida, y en su rumor oímos el susurro de la muerte. ¡Que necios! Nos fortificamos tras nuestras máscaras de plástico. Nos elevamos por encima de la mentira creyendo en verdades imposibles, y nos construimos mundos a nuestra medida, acordes a nuestros miedos. ¡Que necios!

Qué complejos nos persiguen enviándonos a la nada, a la ignorancia: la nada de los necios.

¡Ay cuánta mediocridad! ¡Ay cuánta prepotencia! ¡Ay cuánta palabra desperdiciada! ¡Ay cuánto dolor incierto!

No nos escuchamos en nuestro día a día. Sólo podemos pensar en lo que nos ocurre a nosotros mismos. ¡Ay cuántos sabios redentores! ¡Ay cuántos solidarios hipócritas! ¿Qué tristeza nos encadena?

Pensamos que somos el ombligo del mundo, que lo que nos pasa sólo nos ocurre a nosotros. Que el dolor nos pertenece y que la felicidad, la alegría y la satisfacción de estar vivos se nos niega. Estamos dispuestos, y ofrecemos nuestra mente a la más absoluta necedad, en nuestra ceguera inconsciente no hay lugar para la luz. Nuestros ojos no saben mirar, ni ver el único sentido de la vida, la luz, las estrellas, el universo, la energía que nos ofrece la tierra, la naturaleza.

No soy quién para erigirme en vuestro juez, porque yo también seré juzgado por vuestros pensamientos. Porque no entenderéis mi estado de felicidad, un lugar donde el alma se llena de luz, verdad y vida. Un espacio donde la incoherencia de los necios me convierte en mediocre y necio a la vez. Damos vuelta y donde yo os juzgué, fui juzgado y donde os vi, fui visto.

¡Dulce mediocridad, dulce necedad!

Qué satisfechos os veo, a veces. Con vuestras rutinarias vidas arrastrando el carro del tedio. Qué felices os veo, a veces. Con vuestras sonrisas forzadas, con vuestros abrazos vacíos.

¡Dulce mediocridad, dulce necedad!

Siempre buscando la estabilidad encontráis dependencia. Qué felices aparentáis ser cuando salís a divertiros por la obligación de ser jueves o sábado. Qué satisfechos puedo veros atiborrados de alcohol, cocaína o pastillas.

Danzad, danzad en este teatro mágico, en esta puta farsa que os rodea, perdiendo caricias verdaderas, y buscando morbo, para así, satisfacer vuestros más bajos instintos.

¡Dulce necedad, dulce mediocridad!

A veces la envidia os corroe y los rencores os llevan a las batallas del odio y la intolerancia. Me habláis de libertades, de independencias, de nuevas formas de vivir, de sentir, de amar. Y luego el miedo os atrapa y os agarráis al primer clavo ardiendo que calentará, por un tiempo, vuestra cama. Luego buscaréis en otros ojos un soplo de libertad, cuando ya pertenecéis al mundo de las dependencias, al de las imposiciones y vuestra libertad se ha convertido en prisión, queréis salir, pero vuestro miedo os lo impide.

¡Dulce necedad de los sentidos! ¡Dulce mediocridad de los idiotas!

Escribo sobre servilletas de papel.

Reciclo mis sentidos, mis sentimientos y miro a mí alrededor, oigo músicas envolventes, me pierdo en los ojos del destino, malvivo unos días ocupando tu caverna de frescura tenebrosa que abres para mí. Atónito viajo por las entrañas de la noche y pienso en ti. Tu equipaje siempre a punto de ser facturado. Tus caricias embargadas por el tiempo. Tus besos hipotecados en el banco del deseo. Y sigues mirándome aunque estés con él. Tu boca garabatea muecas en el aire de la suya y cuando lo besas me miras por encima de su hombro.

Escribo sobre servilletas de papel. Reciclo mis días y mis noches. Me bebo de un trago tu cueva que ardiente abre las puertas del infierno. Me introduzco en tu misterioso y oscuro agujero y me atrapan tus glándulas y tus músculos internos presionan mi pene con intermitencias que parecen semáforos en ámbar. Y aún me hablas de libertad e independencia, de amor y comprensión, de tolerancia y empatía. Y me haces esclavo de tus mágicos efluvios, de tus aguas saladas y sigues hablándome de libertades e independencias.

Escribo reciclo papel servilletas noches días tu cuerpo mi condena. 
 
salvador moreno valencia©

 
Insomnio
 

En las noches de vigilia, tras la barra de este bar, puedo observar cómo los clientes, cada noche se debaten en intensas divagaciones amenizadas con alcohol. En esas noches de calma chicha, de nostalgias ocultas tras el humo de los cigarrillos, miro una a una las caras y oigo retazos de diferentes conversaciones. Cada uno llega con su carga emocional, esa carga del día a día que la cotidianidad va desbrozando y convirtiendo en un erial. Los clientes arrastran pesares y alegrías empañándolas con el vaho de los cubitos de hielo, que miran mientras les sirvo las copas dejando caer un hilo de whisky ginebra o ron.

Saborean la última hora antes de darse de bruces con la habitación que cada noche les espera y les lleva, al silencio y a la soledad de sus destinos. Apuran sorbo a sorbo los minutos de ese insomnio noctámbulo. Miran a la nada o se miran a los ojos, dejándose llevar por la melodía que suena de fondo a lugares donde los pensamientos y los sentimientos navegan libres sin más preocupación que la felicidad espirituosa, síntoma de la ingesta del líquido divino.

La primera copa la disfrutan con la calma que produce la metadona en los toxicómanos. El alcohol seda sus angustias y a medida que el vaso va quedando vacío veo brillar sus ojos con un resplandor lunar, un brillo plateado y es entonces cuando sus lenguas se desatan de ataduras, mientras que los prejuicios y perjuicios piden otra copa y se fugan con la primera mujer o con el primer hombre con los que cruzan miradas, esperando que yo les vuelva a dejar caer otro hilo dorado de licor espirituoso, con la esperanza de alejarse de sus prejuicios que les producirá la segunda copa.

Hay otros que se pierden recorriendo el pasado chupito a chupito, ahogando el dolor que les produce el desamor, vaciando la amargura de sus almas solitarias ajadas por el tiempo. Veo en sus ojos cansados la derrota, la desesperanza, la desilusión, la desconfianza y el fracaso de sus vidas. Buscan algo sin saber realmente qué. Buscan en los reflejos de vasos de ginebra, en los destellos de tubos dorados de vasos de cerveza una luz, una mirada, un gesto de calor y de afecto, un abrazo, un beso. Buscan a alguien que les haga olvidar el dolor y sentir que en sus vidas aún hay tiempo para un nuevo amanecer.

A la tercera copa comienzan a encenderse las pasiones y las risas se confunden con estribillos de canciones bailados al compás del ritmo frenético del olvido voluntario. Los recuerdos dolorosos quedan diluidos en los restos de las dos primeras copas. Y poco a poco, los clientes, van quedando atrapados en un mundo irreal, lleno de fantasías maravillosas que surgen Mefistólicamente. Así vienen la cuarta y la quinta y muchas más copas a empañar los cristales de la memoria. Entonces se confunden los pensamientos y los sentimientos; las risas, en algunas ocasiones, se vuelven llanto cuando comienza la bajada de la euforia producida por la ingestión de ese liquido mágico.

De repente, algunos de ellos, se ven en brazos de alguien que no conocen y que probablemente al día siguiente ni recuerden. Yo seguiré estando aquí tras la barra de este bar para dejar caer hilos dorados de ilusión y esperanza en las noches de insomnio de seres infelices que no saben lo que quieren, tampoco quieren saber lo que poseen.  

salvador moreno valencia©

 
La estación de la vida
 

En estos días inciertos, de muchedumbres solitarias, de gente que viene y que va, estoy sentado en la estación de mi vida, veo pasar los trenes que no me corresponden ¿o sí? Trenes llenos de otras vidas, llenos de otras formas de pensamiento, de otras formas de amar… Trenes llenos de solitarios; vagabundos, sin ninguna parte a donde ir, que vienen o van al lugar donde habitan los recuerdos, el tenebroso pasado que nos convierte en muertos.
Recuerdo otros días, en los que fui sembrando semillas de presente para acabar recogiendo olvido en el futuro incierto.

Esta es la estación de mi vida, de mis días, en ella parecen estar cerradas las oficinas donde adquirir un billete, si quiera, al otro lado del espacio. No, no hay billetes, de momento, para mí, debo quedarme aquí en este tiempo y en este espacio, ambos tan pequeños.

Veo pasar la vida, sentado en la estación, en mi estación solitaria, a la que va llegando un río de sonoros recuerdos: carcajadas, risas, llantos, gritos, palabras, voces…

Los que se marcharon, ahora, regresan con aparente alegría, la misma que siente el emigrante cuando vuelve a su tierra por unos días, con la ilusión de encontrar a la gente que dejó tras su marcha. A veces, encuentra algún viejo amigo que ya tan sólo es una ilusión de otro tiempo, como un sueño, otras ya no pueden ver a otros porque fueron desterrados a la estación, para esperar el cambio de espacio viendo pasar los trenes llenos de locos solitarios.

El viajero deshace su maleta, y al cabo de unos días vuelve a introducir en ella los harapos de su recuerdo, fetiches que adornarán en el otro espacio, su tiempo de recuerdo. Luego el tren se pone en marcha, el tren, el de su vida, su tiempo, su espacio, pasarán muchos días para que vuelva a regresar; sin embargo, yo estaré ahí sentado en la estación de la vida, en mi espacio, en mi tiempo como sacando ojos de rana a los recuerdos en la estación en la que he sido desterrado para ver pasar los trenes de mi tiempo y de mi espacio.

Los trenes se pierden en le horizonte azul de las tardes del sur; yo me quedo allí viéndolos desaparecer en las tardes de primavera, en las de verano, de otoño e invierno. Llega la primavera, los campos explosionan en millones de colores; llega el verano y van tornando su colorido volviéndose ocres y amarillos, y las tierras van secándose como se van secando los arroyos y los ríos; la vida sigue rumbo al otoño que va sembrando de hojas las veredas y las alamedas, los árboles se quedan desnudos, llega el largo invierno, el frío hiela la estación, mi corazón dormita: miro las vías del tren por las que hace tiempo ni llega ni se va nadie.  

Pienso en el último tren que pasó hace muchos años, ese tren al que nunca subí, y que jamás volverá. Ahora soy el viajero que soñé, y que añoro sin haberlo sido.

salvador moreno valencia©

 
Rojo sobre rojo
 

Llueve en París, ciudad de luz que ilumina mi camino. He llegado a las 6,30h de la mañana. Hace frío y cae una fina lluvia que va creando cortinas de luz en los Campos Elíseos.
Estoy helado, los ojos abiertos de par en par. Ya había estado antes en París. Pero ahora es diferente, ahora es como un sueño. Aquí la realidad se confunde con el sueño, la gran Torre corta las cortinas de lluvia que se abren en cataratas que caen desde el punto más alto de la misma. Allí arriba está el creador. Allí ha quedado inmortalizado para la eternidad ese loco que construyó su sueño basándose en hierros superpuestos unos con otros, tornillo a tornillo, escalón a escalón. Así forjó el sueño de su vida.
Yo estoy en París hoy día de los difuntos. Podría estar en cualquier parte del mundo, pero qué importa si hoy estoy en París, mañana en Roma, pasado en Berlín y, luego, quién sabe. Uno puede estar en cualquier sitio, a cualquier hora y en cualquier rincón de los sueños. París la ciudad de la luz. París lluvioso, gris con una leve luz azulada que se refleja sobre el Sena que dormitando en el tiempo se desliza bajo los puentes.
Pienso en una pistola. La habitación tiene tres metros cuadrados. Rojo sobre rojo. Ella tiene los ojos verdes, verdes como esmeraldas.
Rojo sobre rojo.
En la habitación hay un lavabo, un pequeño espejo lo acompaña en su antiestética. El armario es viejo, y  está raído por el inclemente paso del tiempo.
Pienso en una pistola. París frío noche. Las luces de los Campos Elíseos tiritan en el espacio inerte de los indigentes. Casas de cartón. París, Madrid, Barcelona.
Rojo sobre rojo.
Ella mira desde sus esmeraldas, un lunar preside sus labios rojos y otro su ceja izquierda.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola. Ella sumerge sus labios en su purpúrea lengua.
Rojo sobre rojo.
El lavabo refleja su hostilidad en el espejo que no se refleja en ningún otro sitio. Nadie se mira en él y triste enseña las láminas raídas de plata. La habitación tiene tres metros cuadrados. La cama está abatida y sus sábanas tienen manchas blancas y amarillas y pruebas de fumadores empedernidos y atrapados en el insomnio.
Rojo sobre rojo.
Sus ojos son estrellas en invierno. Sonríe y con su lánguida mirada me estrella en los muros del recuerdo.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola. La pistola tiene ojos, tiene labios y tiene cuerpo. Ella dispara con su senil sonrisa.
La habitación del hostal de París mide tres metros cuadrados como en Madrid y Barcelona. El armario muestra la rigidez incorpórea del tiempo, se refleja en el espejo acompañante sempiterno del lavabo.
Pienso en una pistola. Cañón largo.
Las chicas del show girl posan desnudas si le pones monedas a la cabina. Trescientas pelas y te enseñan las tetas y el coño.
Rojo sobre rojo.
El molino rojo está caliente. Mommartre duerme su sueño en un cuadro de Van Gogh.
Pienso en una pistola.
Hombres solitarios, calles solitarias. El silencio empañado por los gritos de una chica.
Pienso en una pistola.
Un hombre llama con desesperación en un portero automático. Se oyen gritos. El silencio por respuesta.
Las chicas del salón de sexo posan desnudas para ti si le echas monedas a la cabina.
Pienso en una pistola.
Suenan disparos: secos, fríos como la piel de un cadáver. Los gritos rompen el silencio. Un quejido infinito recorre las calles vacías y mojadas.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
He llegado a Barcelona desde París, no está lloviendo. Hay un sol cenital y los cristales empañados anuncian el frío exterior. Las Ramblas están abarrotadas a pesar del frío que hace. La tarde cae lentamente y Colón sigue con su dedo imperecedero señalando a un punto infinito en el horizonte del Mediterráneo.
Como siempre, en las Ramblas, hay gente buscándose la vida. Estatuas vivientes, mimos, pintores, timadores, vendedores de todo tipo de objetos, carteristas, chorizos, putas que se asoman a las esquinas del barrio chino. Barrio Gótico elemento emblemático de la arquitectura de siglos pasados. Chinos, turcos, sudafricanos, marroquíes, peruanos, chilenos, ecuatorianos, colombianos, búlgaros, checoslovacos, polacos, rusos, tailandeses, filipinos, indios, argentinos. Gente de todo el mundo. Barcelona, París, Madrid, ciudades cosmopolitas. Mezclas de culturas y razas.
Barcelona está encantada esta tarde, la magia de sus calles se trasmite a través de los muros de sus casas centenarias. Aquí hay sitio para todos. Casas de cartón para indigentes, e inadaptados que viven en las calles. Todo se repite. Todo es igual. La gente que pasea por la Rambla, es igual a la que lo hace por los Campos Elíseos o por la calle Preciados de Madrid. Todo se repite.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
En mis sueños una retahíla de imágenes, y gritos como grillos en mis oídos.
Prensa de Barcelona: La Vanguardia de Barcelona. Sucesos. Encuentran a una chica muerta en su domicilio. Tiene dos balas incrustadas en su cuerpo. Corazón y cabeza.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
Prensa de París: Le Monde. Sucesos. Encuentran una chica desnuda y con dos disparos sobre su cuerpo. Corazón y cabeza.
Rojo sobre rojo.
Barcelona está maravillosa esta noche. Salgo a tomar unas copas. Una chica me lleva a un local para tomar algo.
Camino por la Rambla, son las once y treinta minutos. Al final de la Rambla una chica, que no es la negra flor de Radio Futura, se acerca a mí y me pregunta si conozco algún local donde pongan salsa. Le respondo que no soy de aquí y me dice que tampoco ella es de Barcelona.
Está sola y me propone que la acompañe y como yo también me encuentro solo acepto su oferta.
Rojo sobre rojo.
Es alta, me saca al menos diez centímetros, morena, ojos negros, pelo largo y rizado. Viste pantalón ajustado de color negro y una camiseta donde se adivinan sus tetas con pezones erizados y mirando a la luna. Pasamos por un bar y me dice que entremos, su insistencia me da mala espina. En el bar hay otras chicas y también chicos. De momento, observo y todo parece normal. Nos acercamos a la barra y pedimos dos copas. Cinco mil, me dice la camarera que las ha servido. En ese momento me doy cuenta que me han estafado. La chica se levanta y va al baño. En la puerta del baño hay un tipo vestido con traje negro. Se detiene ante él y puedo ver cómo hablan dirigiéndose a mí.
Ella regresa. Se sienta a mi lado. Viene otra chica, me la presenta, y le pide que se quede conmigo. Ella tiene que salir. Ya sé dónde estoy, es un local de alterne camuflado. Un polvo cinco mil. Ella vuelve con otro pardillo como yo.
Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
El güisqui es matarratas. La otra chica que se ha quedado sentada a mi lado me pide que la invite a una copa, me niego. El señor del traje negro se acerca, se pone tras de mí y de repente siento un objeto punzante en mi costado, frío como el hielo. El tipo me pide discretamente que abandone todas las pertenencias de valor que llevo y además el dinero.
Pienso en una pistola.
Rojo sobre rojo.
La estación me da vueltas más bien soy yo el que da vueltas buscando el andén correspondiente al tren que me llevará a Madrid. Tengo un tambor metido en la cabeza. Los ojos rojos, no tengo tabaco ni dinero.
Rojo sobre rojo.
Mientras espero el tren veo cómo un señor está ensimismado sumido en las noticias de la prensa, me acerco sigilosamente como un zorro se acerca al gallinero, y puedo leer un titular. Encuentran a una chica asesinada en su domicilio con una bala en el corazón y otra en la cabeza. Rojo sobre rojo escrito en su pecho con carmín...
Pienso en una pistola.
Anuncian la salida del tren y recuerdo París, Madrid, Barcelona. Los gritos se hacen grillos que se retuercen en mis tímpanos, y como un corifeo entonan cánticos y odas a Homero.

Una calle vacía. Un hombre solitario embozando su rostro. El sonido de la lluvia tras sus pasos sigilosos detenidos en el aire de la noche.

Rojo sobre rojo.
Pienso en una pistola.
© Salvador Moreno Valencia

 
La desesperación del destierro
 

¿Qué está pasando papá? ¿Qué ruidos son esos?

Estás y otras preguntas le hacía un niño de siete años a su padre, cuando el cielo se encendía y las bombas cortaban el silencio como una saeta. Papá, Mamá ¿porqué nos vamos de casa?, mamá ¿puedo llevar a Toby con nosotros?

Toby no puede venir, allí a donde vamos será difícil encontrar alimentos para nosotros, menos para él, déjalo aquí, así podrá cuidar la casa y cuando volvamos todo estará como antes.

La familia cogió todo lo que podía llevar consigo y se echó al monte, poco a poco se fue reuniendo con otras familias que como ellos huían del terror y de la muerte. Los ancianos miraban hacia atrás, y en sus ojos corrían lágrimas de desesperación: dejaban atrás toda su vida, todas sus pertenencias, su pasado, sus vecinos muertos a tiros por no haber salido a tiempo en busca de una libertad efímera, de un derecho a la vida, que se les negaba en su propia tierra. Allí, donde crecieron y lucharon para conservar sus pequeñas parcelas de tierra, sus casas que ardían tras ellos, el lugar donde enterraron a sus padres, a sus seres queridos y a sus amigos, donde vivían el día a día como en cualquier lugar del mundo antes de que comenzara la persecución, antes de que unos  señores, que ni siquiera conocían, decidieran hacer una limpieza étnica, una atrocidad incomprensible, una barbarie de tal magnitud, que no tenía respuesta en sus mentes de personas sencillas y humildes.

Sólo los tiranos pueden justificar una masacre, tanto los de un bando, como los de otro. Unos por erigirse salvadores del mundo gastando miles de millones en bombas y en armas para la guerra cuando, probablemente, esos miles de millones repartidos entre los pueblos afectados por la barbarie contribuirían a una paz más saludable para todos. Y los otros (en este caso los malos de la película), por erigirse en adalides del asesinato contra otras razas, creyendo que sólo ellos tienen el derecho a disfrutar la tierra de la que pretenden exterminar a cualquier ser que no sea de los suyos. 

Papá, estoy cansado, tengo hambre, tengo sed, ¿cuándo vamos a llegar?, papá  tengo frío. El sol caía en el horizonte como cualquier tarde, pero no era una tarde como aquellas en las que se reunían todos en el porche de la casa y contemplaban el atardecer con alegría. El sol caía y sin embargo, las cientos de familias desheredadas de sus tierras no lo contemplaban como lo habían hecho durante tantos años, sí, el sol esa tarde se había convertido en  el ocaso de sus vidas.

Mientras esto ocurría millones de personas miraban en sus televisores el estado de la guerra, otros tantos se preguntaban- ¿Por qué? ¿La guerra es cuestión de orgullo, de dinero, de poder? Entre los principales motivos de todos los conflictos armados, ayer, hoy y mañana, se encuentran las tres razones, la económica, la de poder, y la que las aúna el orgullo.

Papá tengo frío. Se oye el llanto de miles de seres desterrados y prisioneros de la desesperación que produce el destierro.

¿Por qué?

©Salvador Moreno Valencia

 
La luna del membrillo
 

A Corina

El sol se está ocultando, en el horizonte el mar se viste de oro. Las gaviotas se reúnen en la playa. El viento arrastra una maraña de nubes que dibujan en el cielo ángeles custodios sin sexo. No sé cuántas horas llevo sentado sobre la arena. Cierro los ojos y puedo ver, con nitidez, un rostro en la penumbra de mis párpados.

Los membrillos van madurando entre las hojas verdes que se reflejan en el río. Abro los ojos: el rostro desaparece. Frente a mí, nuevamente, el mar que ahora viste su traje de noche bañado por el destello plateado de la luna, que se asoma tímida entre las pequeñas olas que van rompiendo con monotonía aprehendida sobre la suave y blanca arena.

Cierro los ojos, de nuevo, y pienso en el color del membrillo allá por octubre. Otra vez el rostro llega como un fogonazo a mi mente: una mujer que se balancea bajo las ramas del membrillo asiendo un canasto en su mano, un canasto que va llenando con la dulce compota del fruto amarillo.  El rostro es de una mujer morena de ojos profundos. La imagen se repite una y otra vez, la veo allí recogiendo el fruto del membrillo.

La playa está desierta y yo sigo aquí sentado contemplando, en el horizonte, la luna que hoy hace gala de su más bella plenitud. No quiero marcharme, quiero estar aquí sintiendo el roce de la arena en mis pies descalzos. Ella aparece y desaparece. La veo ahí tan cerca, pero se evapora como un sueño con alas de mariposa.

Sigo aquí sentado esperándola, deseándola. Pero ella va y viene como las olas. El rumor del viento me habla de su vida. El mar brilla sonriéndole a la luna, ella me sonríe ocultándose tras la niebla.

Luna de octubre.

Luna del membrillo.

Empiezo a sentir el frío de la noche, la humedad del mar se va introduciendo en mis pensamientos entumeciendo la memoria. Decido levantarme y caminar para entrar en calor. Sigo viéndola, la presiento en la niebla que ha acotado todo cuanto de visible es en esta tierra.

Voy andando por la playa, envuelto en mi capa de sayo. Lanzo piedras al vacío de la noche sin ella. Una fuerza desconocida hace que me detenga, caigo al suelo, todo queda en el más absoluto silencio, todo se oscurece. El membrillo. Luna de Octubre. Carretera sin final.

Ahora estoy en un coche. Conduzco alegre al ritmo de una sinfonía, melodías que danzan en el interior creando pensamientos alegres. Por autovía Granada- Madrid, un coche me adelanta. Como único ocupante una mujer que conduce ensimismada en sus asuntos. Sin intenciones de ningún tipo seguimos nuestro camino. De repente jugamos al gato y al ratón. Ese rostro, dónde he visto esa cara, dónde esos ojos.

El membrillo, la luna, el mar, esa mujer...

En el oeste el sol lanza sus últimos rayos sobre algunas nubes solitarias. En el este, sobre los llanos de la Mancha, se levanta poderosa la luna en su plenilunio iluminando los viejos molinos de  viento, ¡aquellos gigantes! A mí lado, en el asiento del conductor está ella. Hablamos y contemplamos alegres los colores que pintan el sol y la luna sobre el lienzo del cielo.

La oscuridad desaparece. Estoy helado, tiemblo de frío. El mar sigue acunando a la luna. Haciendo un esfuerzo me pongo de pie y echo a andar.

Siento una extraña redondez en mis manos.

Amarillo va el membrillo

Por caminos imaginarios.

Amarilla va la Luna

Por un mar solitario.

©salvador moreno valencia

 
Un amante enamoradizo
 

Armas de doble filo empuñan las miradas que asesinan ojos inocentes. Armas camufladas en miradas que ocultan su lascivia. Deseos que galopan en sueños de amor y sexo.

Mujeres de mirada inocente, de ojos infantiles que desean el cariño de unas manos seguras, de unas caricias sensibles. Un beso robado a unos labios ardientes, una palabra que acompaña el laberinto de la lujuria, de una lujuria consagrada al cuerpo del amante.

Una niña que deja su adolescencia y se enfrenta a su destino de mujer. Mujer mirada y deseada por todos, por hombres que prescriben en una receta el calendario pasado de fecha y de moda.

Ella tiene los ojos tan profundos que te dejan colgado en las ramas del árbol del limbo de sus pechos, que se asoman inquietos e incitadores al mundo del macho. Ella, se enfrenta seducida por los deseos del hombre; adquiere un color brillante su semblante y sus ojos no dejan de mirarse en los ojos que la desean, que la devoran dividiendo su vientre en mil lenguas lujuriosas. Ella, baja la mirada coquetamente ante su admirador, se acrecienta su deseo por los recodos del prejuicio; acaricia la mano del amante que le ofrece la locura, el delirio de yacer tras el acto como muertos en la nieve. El tacto convertido en pigmento de amapolas que en el corazón hace cicatrizar las heridas de otros amores, de otros sexos.

Cuánto amor por descubrir, cuántas muchachas por amar. Cuántos sueños por cumplir, cuántos sueños por soñar. Es el camino que lleva a los amantes a la capital de la pasión, un lugar donde habitan los entresijos del amor, del amor que se esfuma en cada acto, en cada conquista, en cada beso, en cada grito, en cada suspiro, en cada lengua que saborea la sal, el salitre del cuerpo del amante, el amor que se evapora con los efluvios del sexo, la carne morada del amor, del sexo.

Las batallas sangrientas se suceden, sucumben las verdades amorosas ante la maldad de los soldados sexuales que disparan azulados proyectiles sobre el paredón de la pasión matando a ingenuos amantes. La realidad es un martillo que golpea la cabeza, el corazón, el sexo, y la carne, la carne morada bajo la lengua lujuriosa.

Ella, se mira al espejo, parece rejuvenecer diez años; Él, el amante moribundo envejece en la sinrazón del mundo que ya no le pertenece, olvidando el día en que Ella lo conquistó, el día en que Ella decidió tomar su fortaleza, y con sus armas amatorias condenarlo a la penuria del deseo de la carne azulada, de la carne apasionada, aprisionada bajo la estela del fulgor interino que antes creía infranqueable, y que Ella, la amante, hace vulnerable mostrando su cuerpo de una belleza mortal, casi celestial, angelical, infernal, que despliega sus alas de ángel exterminador enseñándole, a Él, al amante postrado, su cuerpo de azuladas carnes que como veneno surcan las venas del amor.

Arde el fuego en la puerta, y por las ventanas de su corazón se lanzan al vacío las palabras, las dulces y prometedoras palabras de amor que recorren el aire del nuevo día, de la nueva aventura que le ofrece la niña que abandona el territorio adolescente, cual Lolita, para adentrarse en el salvaje mundo de los deseos, del sexo, de la irrupción fálica en la cavidad que derrama sobre los dedos del amante el eterno jugo con el que un dios mayor llenó el santo grial para premiar a los amantes del paraíso con la eternidad.

Ella, su piel tan sensible, y frágil, acariciada por sus dedos expertos y asesinos, le recuerda el tacto de la seda, un pañuelo de seda que deja sobre sus manos el viento arremolinado de Alejandría,  sumergiéndolo en sensaciones sospechadas pero hace tiempo olvidadas como los jardines invisibles de un desértico Oasis.

Ella, de labios carnosos que como fresones se deshacen en la boca hambrienta del amante. Ella, sus pechos blancos, tiernos retoños coronados por el ámbar de almíbar de las moras de agosto, almíbar de la lengua lujuriosa, viperina, experta y asesina del amante.

Ella, su vientre suave que derrama el ánfora de su cuerpo sobre el ombligo del mundo. Ella, su pubis velloso, tierno como tallo de vid. Ella, su vulva redentora que condena al sacrificio como es condenado un cordero a un dios en día de fiesta.

Ella, sus caderas que abrazan su tierno, y frágil culo que como una manzana lo invita a salir del paraíso. Ella, sus nalgas florecientes, sus rodillas quebrando su deseo, sus pequeños pies, sus dedos sometidos al sacrilegio.

Ella, en su cabello, en su coronilla, en su nuca posee los primeros designios del mundo, de la aventura,  de la batalla para vaciar el corazón para arrancarlo de su pecho, del pecho del amante donde tan sólo quedará un vacío inexplicable.

Es ahí donde el amante sucumbe a la vorágine, lo carnal prevalece, la locura de la carne, azulada carne, lo envía hacia la espiral del holocausto que posee medidas desproporcionadas, placenteras y dolorosas a la vez. El arma del guerrero queda atrapada en el foso de la fortaleza  Ella extiende los brazos. ¿Es la salvación o la perdición lo que ofrece?

Él va acariciando cada pliegue de la piel, sube, baja por la espalda endiablada, baja, sube por los glúteos, baja hasta los talones sin Aquiles, recorre los dedos de los pies pequeños y seductores. Sube, se detiene en los ojos, en la boca que suelta palabras entrecortadas con los suspiros que Ella exhala expulsando hacia el aire sus deseos. La mano de Ella se acerca, Él la acoge con sensible tacto asesino.

Más tarde el tiempo, que es el socio más eficiente del olvido, lo despierta de un  sueño en el que Ella  le susurra al oído: “la vida se agota, mañana trasnocharé en los brazos de otro hombre”.

Qué inútil, a veces, es un beso, porque luego ese beso queda raptado por el tiempo en el recuerdo, en la memoria, relegándolo a la timidez y nostalgia del recuerdo.

Otra chica vendrá desprendida de melancolía, otros labios besaran pausados besos para condenarlos al olvido, otros ojos miraran con su arma envenenada para socavar el amor, para abrir la carne, la dulce y azulada carne del deseo.

Qué maravilloso parece todo esto en tardes otoñales, en días de luces apocadas y de nubes en un horizonte lejano. Qué paz, qué calma. Él, el amante se sienta en un lugar distante, observa el deambular de otros que cargados con sus sueños, con sus pesares, con sus alegrías, con sus tristezas, sus ideas, sus pensamientos, sus sentimientos van dejando una estela de humo invisible como la niebla cuando se esfuma para mostrarnos el camino, el verdadero camino que ha ocultado por un tiempo. Olvido.

¿Ha muerto el romanticismo? ¿Han muerto los poetas? ¿Ha muerto el amor? ¿Han muerto las esperanzas de un nuevo día? Todo está quedando traspapelado en algún rincón, en alguna papelera vieja que se arrincona cargada de deshechos.

Es el amor que viene a reírse de Él, del amante, de Ella, adolescente deseada, es la vida la que les promete libertades y los engaña sin escrúpulo. Son los ojos brillantes de Ella, que decide arriesgar, quedarse, una noche con Él, el amante experto, que decide hablarle, besarle, mirarle, y confundirlo con los velados ojos del amor.

Es hora de romper las fronteras, de dejar abiertas puertas y ventanas, es hora de amar, aunque en la batalla el soldado, Él, el amante, caiga herido sobre la nieve azul del corazón de la amada.

El color del semblante del amante, pálido, su piel fría, bajo una herida perpetua por la que una hilo de roja pasión se desvanece hacia el confín de la vida. La muerte está a punto de enviarlo al paraíso, o al infierno, donde la soledad quedará velada por las risas, las lágrimas de otro tiempo. Ahora a punto de entrar en el mundo donde un único beso vale tanto como toda una vida, Él, el amante se ríe de su destino y como un dios en el Olimpo se recrea en su enjambre de abejas que lustran de miel los pezones de la Ninfa.

Ahora está realmente vivo y a la vez muerto.

©salvador moreno valencia

 
En la habitación
 

En la habitación hay sólo una silla situada en el centro, orientada, según me siento, hacia la única ventana que existe. A través de ella puedo contemplar el paso de los días, de las noches y de las estaciones. No hay nada a mí alrededor. Sólo la silla, una vieja silla que encontré en la basura, es de color verdoso y su asiento es de cuerda. La madera de la silla está gastada por el roce de los años.

A veces me pregunto cómo serían las personas que la han utilizado como asiento. Intento hacer un retrato, en mí mente, de ellas. Cómo eran sus vidas, qué hacían, a qué se dedicaban y qué pensaban cuando asentaban sus posaderas sobre el asiento de cuerda, que en otro tiempo, debió ser nueva. Ahora la cuerda está muy gastada. Al rato me evado mirando por la ventana y olvido esas conjeturas. Por la ventana entra una luz cenital que ilumina mi rostro, dejando caer sobre el suelo la sombra del que fui hace tiempo, todo el que llevo aquí sentado. A veces suelo pensar qué habrá más allá de ésta habitación, de ésta ventana que me mira sin mirar, que me habla sin hablar. Claro, las ventanas no hablan ni miran, soy yo el que las dota de voz y vista, e incluso de oído para que me escuchen, para que oigan mi soliloquio sin fin, atroz, y perpetuo como la propia existencia que se enreda como una enredadera, hoja a hoja, ojo a ojo, y tus besos en el pozo.

En el suelo de la habitación hay una botella de ginebra, quizá más de una. También algunos limones, y un cenicero, sí, un cenicero que abre sus fauces para tragarse todos mis restos infames de amoniaco, y algo de todo tóxico menos tabaco, mi cenicero abre sus fauces atiborradas de colillas.

Pienso, o me pregunto cuánto tiempo llevo aquí. No sé quién trae los cigarrillos ni la ginebra. No lo sé. Tampoco me preocupa, o sí, y por qué esta jaula de grillos, o este pellejo de neurosis. No importa siempre hay tabaco, ginebra y limones ocupándolo todo en el aire con su aroma.

La habitación, a veces, da vueltas, pero no, es un principio físico que no puede ser llevado a la realidad, soy yo el que da vueltas, mi cabeza más bien y mi eterno soliloquio, para qué, por qué este traje de argonauta, por qué llevar este nombre y no ser Jasón ni encontrar vellocino de oro. El norte se convierte en el sur, el este en el oeste. El sur en el norte, el mundo del revés como dice Galeano. La ventana siempre en el mismo lugar como dispuesta a lanzarme al vacío, o mejor todavía invitándome a saltar al abismo que se abre tras ella. No importa que esté cerrada o abierta. Tampoco sé quién la deja en una u otra situación. A veces, una voz me dice en tono melancólico que aún cree en el amor. Entonces la palabra amor queda grabada en una de las paredes, que parece blanca de cal, y al instante se proyectan sobre ella las imágenes de otros tiempos como se proyectan sobre las blancas pantallas de cine de verano esas entrañables películas que todos soñamos.

Una mujer y otra se suceden en el laberinto de fotogramas que van superponiéndose en la fría cal de la pared. ¿Así ha sido mí vida? Me pregunto taciturno, mientras otra voz me susurra palabras de aliento y esperanza. Es su voz, creo recordarla, y luego es otra voz y otra y así cientos de voces me susurran una retahíla de palabras de las que he olvidado el significado si es que alguna vez tuvieron uno, porque ya no atino más que a balbucir sonidos como si de repente el tiempo hubiese echado a tras y me hubiera depositado en un rincón oscuro de la caverna, antes del fuego, antes de sentir el viento al erguirme sobre mis patas traseras.

¿Esperanza, amor, libertad, paz, tolerancia, respeto, independencia?

Hace mucho que estoy aquí, bebo y fumo sin escrúpulos. Las noches se ralentizan, veo las estrellas ahí fuera acompañando a la luna en un baile infinito. Hacia el sur se dirige mí mirada. Busco la ventana y ya no está. Tampoco las paredes, tampoco la silla, tampoco estoy yo. El olor a ginebra y a tabaco lo invade todo. El humo se esfuma hacia la vía láctea. Otra vez la voz y luego el coro de voces. Una mujer se dibuja en algún punto en la oscuridad de la noche. Lleva un vestido de lino blanco. El color de su piel es canela, sus ojos color de miel me miran desde el principio de los tiempos. Abre los brazos hacia mí, me llama con una tierna y delicada sonrisa: -Ven, ven. Te estoy esperando- de nuevo el coro de voces:- te estamos esperando, ven, ven.

Vuelven las paredes, vuelve la ventana, vuelve la silla, vuelve la habitación y en ella no hay nada, sólo botellas de ginebra vacías, cajetillas de tabaco vacías y una montaña de colillas en algo que se parece a un cenicero con la boca que pretende tragarse al mundo, mi mundo. Mi sombra desaparece y con ella también yo. Tan sólo quedan la silla, un cenicero atiborrado de colillas, botellas de ginebra vacías, cáscaras de limones que han dejado su aroma en el aire fétido de la habitación vacía donde acaba mi soliloquio.

©salvador moreno valencia

 

Veinte traguitos de olvido
 

Lo encontré una noche, una de esas noches infinitas de lluvia y viento, en una taberna oscura de cuyas paredes emanaba un rancio olor a vino de barrica, y, a serrín mojado, combinado con el característico y repugnante hedor que provenía del único excusado existente, una taza turca tras una puerta desencajada.
Estaba con la cabeza hundida como si un avestruz anidase en él, en el rincón del pequeño mostrador tras el que el tabernero mostraba su sabiduría añeja, despachando el vino a granel o en pequeños vasos que él había bautizado como traguitos de olvido. -¡Ande amigo, tómese un traguito de olvido, alimenta el alma y ahuyenta las penas!
De vez en cuando el hombre hacía un movimiento como mecánico para tomar un traguito de olvido, que según el tabernero, era el décimo segundo de la noche, y añadía el bodeguero una coletilla algo burlona: -hasta los veinte no olvida sus males el condenado, y es cayendo al suelo sin consciencia, entonces yo lo levanto como cada noche que viene y lo pongo en la calle orientándolo hacia el suroeste, hacia el mismo lugar en donde se encuentra la entrada de la plaza de toros cuyo ruedo circular es de los primeros que se construyeron, y, él, sin saber cómo o por medio de qué arte o magia se pone en marcha dando tumbos y desaparece por la esquina de la casa de empeños.
Del modo que narraba el tabernero sucedió lo que sigue: El tipo una vez hubo consumido e
l que hacía el número veinte de sus traguitos de olvido cayó al suelo, fue puesto en pie y orientado su rumbo, se puso a caminar como un velero en una mar encrespada. Pero ésta vez algo iba a cambiar en su paseo, yo lo iba a seguir para descubrir a dónde se dirigía, o al menos, hasta dónde llegaba, que por su estado observé que no sería muy lejos.
Yo derecho y el zigzagueando, y, tal y como lo había vaticinado el tabernero, el hombre torció a la izquierda en la esquina de lo que era una casa de prestamos, dirigiéndose hacia el este dejando la plaza de toros a su derecha, luego se asomó como un fantasma un edificio de tres plantas entre la plaza de toros y una casona, en su fachada un cartel identificaba aquella aparición como el teatro, haciendo éste junto
a la plaza de toros una peculiar pareja arquitectónica.
El personaje tambaleante se detuvo quedándose prácticamente inmóvil, casi clavado en el suelo, justo en el inicio de una calle a su izquierda, en ella corría el viento helado del norte y allí donde el tipo se había detenido, empezaba o terminaba la vía en la que dormían, en los escaparates, los maniquíes el sueño de los transeúntes hasta despertar con
los ojos de estos al día siguiente.
El hombre hizo un movimiento con la mano derecha y con ella la señal de la cruz cruzó su rostro, se escuchó un sonoro amén en el silencio de la noche lluviosa y ventosa. Yo lo seguía a unos treinta metros, me detuve para no ser descubierto, aunque dudo que en aquellos momentos, el tipo tuviese alguna noción de la realidad circundante.
Volvió a reanudar el paso con su peculiar balanceo hacia el sureste. Cuando llegué al punto donde éste se había detenido, descubrí el motivo de
l signo de la cruz, sobre la pared de una casa señorial había un mosaico de una dolorosa y de un nazareno. Era tradición y superstición hacer la señal de la cruz ante las imágenes de santos o al pasar por delante de las casas de dios.
La fachada que albergaba los azulejos pintados con la virgen y el nazareno debía pertenecer a algún miembro de una cofradía, de las que la población tenía el orgullo de tener varias de gran devoción entre el pueblo, de hecho tenía hermandades para representar todos los pasos que sufriera el predicador hasta llegar a su escabrosa muerte.
Sigamos con el peculiar bebedor de traguitos de olvido que hizo una nueva penitencia como si fuese en procesión con los cantores de la aurora, ésta vez la parada la hizo en una plaza en cuyo centro se alzaba el busto del que fuera embajador en Roma y que llevara el peso de las negociaciones para restablecer las relaciones con la Santa Sede. La plaza que albergaba la faz del ilustre había llevado por nombre el mismo que muchas de las plazas de la nación que las
había albergado en una grande y libre…
El hombre alzó la mano derecha abierta y gritó lo que podía ser un viva, pero su estado de ebriedad le imposibilitaba la correcta pronunciación de las palabras. Así que el grito sonó como un rugido entre gatuno y perruno. Bajó la mano y haciendo el acto de firmes golpeó con ella su muslo derecho. De nuevo reinició su andadura por aquellas calles en la noche que se precipitaba oscura e impenetrable en una niebla densa en la que se veían, parpadear, trémulas, las farolas en sus atalayas.
Cruzamos un puente, pero me fue imposible distinguir el abismo debido a la niebla que se cerraba no dejando ver a más de tres metros. Me fui guiando por el oído y seguí el sonido de los pasos de veinte traguitos. El viento racheado disipaba en ocasiones la intensa niebla y como si de un teatro se tratase y al alzar el telón vemos el escenario, yo veía al tipo que seguía tambaleándose para volver a perderse en el celaje.
El empedrado de la calle me daba la certeza de encontrarme en una calle antigua, por la que en otro tiempo cabalgaran carrozas y caballos. Los sonidos se amplificaban por la estrechez de la calle, e incluso, podían oírse los ronquidos de los felices durmientes que platicaban a esas horas con Morfeo.
Seguía los pasos y el sonido que iba dejando la respiración entrecortada de mi antecesor, de vez en cuando podía distinguir entre los claros de niebla un destello de luz, una llamarada que iluminaba el rededor del personaje, y era que mi perseguido encendía un cigarrillo
que además de su destello dejaba en el aire limpio el aroma del tabaco negro que se esparcía entre la penumbra y la cal de las paredes.
Alguna ráfaga de viento me traía el perfume de sexo consumado, de rancio jazmín y de dama de noche, y, nuevamente, la figura de otro insigne de la ciudad laureado, aparecía en una plaza, esta vez una pequeña plaza albergaba el homenaje al ilustre que afinaba una cuerda más en la guitarra y había deleitado a la aristocracia con sus maravillosas octavas. Frente a éste, otro laureado a título póstumo, como es natural en este mundo de “vivos”, que dejaba su esencia de trementina y óleo colgada de las paredes de lo que en otro tiempo fuera escuela de curas, dedicada a acoger a niños de campesinos, más tarde convertido en colegio público en cuya ala oeste sonaba, en las tardes, el sonido de una composición musical que por la torpeza de su ejecución, nos indicaba que estaba realizada por algún alumno del conservatorio de música, obsesionado con Mozart u otro músico iluminado.
De repente la calle se hizo más estrecha, tanto que se podían tocar con las puntas de los dedos, extendiendo los brazos, las paredes que cerraban en su interior los dos museos, que uno frente al otro ofrecían distintos alicientes a los curiosos viajeros.
La niebla la terminó disuadiendo el viento y las calles se ofrecieron en su quietud mortecina iluminadas por tenues farolas que colgaban en las esquinas de las casas señoriales como lo hicieran, en otro tiempo, los faroles de gas.
Pude ver una cruz en el centro de una plaza conforme íbamos a la derecha y en la parte trasera de una gran iglesia, llamada por los lugareños, la catedral, se situaba otra muestra de lo agradecido de un pueblo a sus figuras ilustres.
Allí veinte traguitos dirigiéndose al busto, recitó, alto y claro lo que sigue:

En este ardiente acento
De árida plenitud
Que palpan los sentidos
.


Cal y nube, hoy como ayer un agua furtiva
Tras cada posesión; tras cada goce
Un aguijón de cálidos beleños
.


Tras el recital el tipo siguió su marcha ahora menos desequilibrada que al principio. Al parecer, los efectos de los traguitos iban desapareciendo, a medida, que iba transcurriendo el camino. Quizá de regreso a su hogar, al menos, eso era lo que yo pensaba, y no podía yo haber imaginado jamás, lo que iba a acontecer con el devenir de las horas.
Seguí, cada vez con más expectación, no lo niego, al personaje tan curioso que me precedía en aquel recorrido tan maravilloso como misterioso. Y fuimos a desembocar en una plaza donde los laureles se agitaban movidos por el viento, haciendo rozar sus frondosas ramas con las de los naranjos que también eran espectadores eternos de otra homenajeada, en éste caso perteneciente a la aristocracia. No hubo recital alguno por parte de traguito, sin embargo éste se sentó adoptando la posición de pensador y como en un acto de reflexión exhaustiva, encendió con ansias un cigarro. Yo me había refugiado en los soportales de la iglesia, mal llamada catedral, justo debajo de la casa del cura y de la del sacristán. A mi derecha quedaba una de las entradas situada en la torre del campanario, torre ésta que albergaba en su interior algunos vestigios de un antigua mezquita, a mi izquierda otra pequeña plaza y hacia el punto por donde el sol sale, se situaba un edificio que por el día mostraba la agitación propia de la casa del pueblo:
políticos, periodistas, contribuyentes honestos, policías…
Tras la plaza, donde los laureles agitaban sus ramas como disgustados por la presencia de la estatua de la noble, se erguía otra torre o campanario de dimensiones más pequeñas que el que se elevaba hacia el cielo por encima de mi cabeza. Bajo el campanario de la “catedral” el reloj ofreció, al silencio de la noche, su peculiar sonido anunciando que eran las dos en punto de la madrugada.
Traguito se incorporó, dirigiéndose hacia este, como atraído por el sonido que el reloj había depositado en todos los rincones de aquel barrio antiguo. Algunos gorriones se agitaron inquietos y pronto volvieron a su reposo entre las hojas laureadas.
Bajó por unas escaleras dejando a su izquierda el tranquilo edificio que se asomaba a la plaza tras sus arqueados balcones y ventanas. A la derecha en lo alto de la torre o campanario una luz iluminaba a una virgen son su niño en el regazo.
Traguito cruzó la calle y se adentró por un callejón que lo llevó a una pequeña explanada resguardada por una muralla. Giró hacia el norte y aceleró sus pasos
y bajó, a grandes zancadas, por un camino oscuro dejando a su derecha la muralla que lo acompañó hasta pasar por el arco de una puerta de corte morisco. Una vez en pleno descampado quedó la ciudad a su izquierda, donde las casas asentaban sus cimientos sobre las rocas en la parte de arriba, dándoles un aspecto fantasmal y de ensueño.
Me recorrió un escalofrío, mitad miedo, mitad curiosidad, pero, incluso así, decidí seguir los pasos de mi particular guía, que bajaba con una agilidad sorprendente, y, a la vez, incomprensible. Sí, el mismo sujeto que hacía una hora se caía para los lados se había convertido en un atleta nocturno. Tenía yo dificultad para seguirlo sin perder su pista cuando tropecé y caí rodando hasta que mi cuerpo se detuvo por propia inercia al concluir la bajada. Me encontraba algo dolorido. Sacudí mis ropas de todo el forraje adherido a ellas como buenamente pude. Y sin perder tiempo eché un vistazo para ver, si todavía, traguito estaba a mi alcance.
Y sí, allí estaba sentado en el muro superior de lo que parecía ser un puente. Efectivamente, minutos más tarde pude comprobar que así era. Cuando lo vi allí agitando las piernas, pensé que el tipo iba a saltar al vacío. Pero no fue así, este canturreó algo y volvió al camino.
Estábamos ahora en los arrabales de la ciudad, a nuestra derecha corrían indiferentes las aguas del río que dividía en dos partes el pueblo, una la vieja y otra la nueva. Varios edificios en ruinas quedaron a nuestras espaldas. Cuando llegué al puente pude comprobar que desde éste podía verse otro situado mucho más arriba. Dos estilos diferentes para diferentes épocas. Una chabola a orillas del río, enseñaba infinidad de rótulos escritos a mano sobre soportes improvisados de tablas viejas, de chapas, e incluso, de restos de algún coche viejo, en ellos se podían leer las indicaciones que el propietario hacía a los merodeadores, prohibiéndoles el paso a su esmirriada pertenencia, contrariando esto con una virgen situada en lo que parecía la entrada, bajo la cual se podía leer: Bienvenidos al hogar al que se acercan.
El camino fue en ascenso y dejamos la penumbra adentrándonos en una calle iluminada por dos tristes farolas. Traguito torció a la izquierda, la calle volvió a estar empedrada y las casas, a uno y otro lado, centenarias con grandes puertas de madera y ventanas selladas con rejas de hierro. Al poco apareció una iglesia a la derecha, y junto a ésta una fuente desde la que se podía ver, al fondo, un arco que daba entrada a la ciudad por la parte este. De la fuente manaba el agua por medio de ocho surtidores. Mi predecesor tomó un trago de agua en cada uno de ello, volvió hacer la señal de la cruz frente a la iglesia donde en la entrada se erguía una palmera buscando la torre del campanario.
La calle se tornó muy empinada y subimos, al menos yo, con dificultad. Al rato la procesión se volvió a detener, esta vez bajo unos arcos donde seres esculpidos en piedra representaban ahorcamientos y sobre sus cabezas se vislumbraba un mural de ángeles y vírgenes. El personaje volvió a persignarse y continuó el viaje. Subimos unos cincuenta metros y encontramos una plaza con iglesia. El silencio era misterioso y tanta quietud erizaba los vellos, la niebla y el viento habían desaparecido por completo.
En la plaza un busto parecía pensar en hacer cambios en la educación para crear una enseñanza libre. Observé a traguito desde la esquina. Éste se sentó bajo el busto que miraba hacia el sur y comenzó una retahíla de palabras ininteligibles.
Vaya recorrido asombroso y por supuesto lleno de belleza y misterio. Mi curiosidad iba en aumento por saber el desenlace de
l curioso recorrido. El tipo volvió a iniciar su andadura dirigiéndose hacia el norte. La iglesia y su entrada principal quedaron a la derecha. Y luego estuvimos en la calle principal de nuevo.
Corrieron sus pasos mucho más ágiles, no se veía ni un alma, un gato cruzó rápido y se perdió tras una ventana. Un coche a lo lejos dejó el sonido en el aire y rompió el silencio tan escabroso. Los escaparates acunaban a sus huéspedes vestidos con las prendas de moda. Uno, dos, tres, cuatro tramos de la calle peatonal y nuestro amigo decidió ir hacia la derecha donde otra plaza albergaba una fuente sobre la que dos leones y su domador miraban en extraña pose hacia el sureste. Hércules custodia la entrada al sur por el estrecho. Otra iglesia a la derecha de la plaza, y, nuevamente
, traguito hizo la señal de la cruz sobre su rostro. La lluvia volvió a repiquetear en los tejados. A la izquierda de la fuente se encontraba la calle donde la taberna estaba situada, el lugar del inicio del recorrido. En frente y tras Hércules y sus leones se alzaba un edificio de tres plantas que no podía ser otro que el casino.
Traguito fue por la calle de la izquierda y por ella fuimos a dar a la puerta de un oscuro parque que parecía cerrado a esas horas. ¿Qué hizo traguito al ver la puerta cerrada? Nada. Se quedó allí parado como si estuviese pensando en el modo de acceder al parque, donde un centenar de árboles movían sus ramas creando una sinfonía que se alejaba en un infinito eco. El pequeño hombre empujó la puerta y sin más ésta se abrió ante él. Y como si supiese que yo le había venido siguiendo la dejó entre abierta invitándome a pasar. ¿Quería un testigo de su singular aventura?
Comencé a sentir verdadero miedo. En el lugar en el que me adentraba no era difícil esconderse, y, mucho menos, asaltar y acabar con la vida de un hombre. Sin embargo por una razón incompresible, me armé de valor y sacando fuerzas de flaqueza me adentré tras traguito en la siniestra alameda.
Al fondo de un camino de tierra, iluminaba, tímida, su entorno, una farola. Vi la sombra del hombre que iba creciendo al acercarse al foco de luz. Algunos pájaros se inquietaron en sus ramas. Una lechuza puso su tétrico ulular en el eco del silencio. Luego
tras un pequeño estanque (donde dormían gansos y patos,